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julio 21, 2026Cuando entrevistamos a Constance Schürch, en la conversación surgió un tema en el cual no hemos podido dejar de pensar. En Florencia, familias que durante generaciones se dedicaron a la joyería con técnicas ancestrales están enfrentando un problema con el que no contaban: no hay quién continúe. Hijos e hijas eligieron otros caminos, y por primera vez en siglos, algunos talleres buscan aprendices fuera de la familia para que el oficio no se apague con ellos.
Podría pasar en cualquier oficio, en cualquier parte.
Hay conocimientos que viven en las manos de alguien: la llama exacta del soplete, el ángulo del corte, el punto en que la resina deja de ser líquida y ya no se puede corregir nada más. Se aprenden mirando, al lado de un maestro, equivocándose una y otra vez hasta que el cuerpo entiende lo que las palabras no alcanzan a explicar.
Cuando ese conocimiento se queda sin quien lo reciba, se van con él años de ensayo y error, decisiones tomadas a fuerza de repetición, todo lo que le costó tiempo a alguien aprender y que alguien más tendría que volver a pagar desde cero, si es que algún día vuelve a intentarlo.
Técnica de Grabado Florentino de la joyera Constance Schürch.
En Chile pasa algo parecido.
Talleres que cierran, maestros que envejecen sin aprendices, oficios que ya no atraen a las nuevas generaciones, simplemente porque el mundo ofrece hoy muchos más caminos posibles. Queda una pregunta dando vueltas: ¿qué pasa con lo que solo existe mientras alguien lo recuerda y lo enseña?
Algo se está haciendo. El programa estatal Tesoros Humanos Vivos reconoce, desde 2009, a cultores de oficios patrimoniales y financia el registro de sus técnicas junto con la formación de nuevos aprendices. FONDART sostiene líneas para artesanía. Hay escuelas que hoy enseñan lo que antes se aprendía en familia.
Sin embargo, un reconocimiento no es lo mismo que un aprendiz, y un fondo no reemplaza los años que toma formar a alguien. Se puede documentar un oficio, premiarlo, ponerlo en una vitrina, y aun así perderlo, si nadie se sienta al lado de quien lo sabe a aprenderlo con las manos. Lo que hace falta no es más reconocimiento. Es tiempo, paciencia, y gente dispuesta a los dos lados de esa relación: alguien que enseñe con paciencia, alguien que aprenda sin rendirse.
Los saberes se sostienen cuando circulan: cuando una técnica de siglos se cruza con un material nuevo, cuando alguien enseña lo que sabe y otro se atreve a torcerlo un poco. La tradición avanza de mano en mano, y se detiene apenas alguien deja de pasarla.
Por eso enseñar importa. Y por eso también importa contar. Una fotografía de un proceso, una entrevista, una conversación sobre cómo alguien resolvió algo, valen como memoria: quedan disponibles para cuando ya no esté quien lo sabía de memoria.
Todo lo que no se cuenta tiene muchas más posibilidades de perderse.






