
Las primeras joyas de oro
abril 15, 2026Desde Florencia, Constance Schürch trabaja la joyería como un ejercicio de traducción: de historias a forma, de memoria a materia. Su desarrollo se da en el banco de trabajo, en la repetición y en una ética que no separa el hacer del pensar, ni el oficio de la vida.
Desde Temuco a Florencia, pasando por Santiago, el recorrido de Constance Schürch no responde a una línea recta ni a una decisión única. Pero tampoco es, en esencia, lo más importante. Su trabajo se explica desde el oficio: desde la manera en que piensa, observa y construye.
Pero tampoco es, en esencia, lo más importante. Su trabajo se explica desde el oficio: desde la manera en que piensa, observa y construye.
La joyería apareció primero como aprendizaje, pero rápidamente dejó de ser una posibilidad entre otras. Se transformó en un propósito de vida, en una manera de estar en el mundo.
Hoy, antes de hacer una joya, se detiene en lo que la origina. Cada encargo comienza mucho antes del metal: en una conversación, en una memoria, en imágenes que necesitan ser traducidas a una forma concreta, duradera y digna de ser usada.
El banco como medida
La vida de Constance tuvo un punto de quiebre que marca ese giro. La pieza con la que ganó el concurso que la llevó a Florencia, Italia, ciudad del arte y cuna del Renacimiento —un collar en cobre trabajado con fold forming, desarrollado junto a su profesora en Chile— fue muy diferente a lo que hoy hace.
Era más libre, más experimental,menos enfocada en la rigurosidad técnica que después encontraría en Italia. Y, sin embargo, fue esa pieza la que abrió todo. “Ahí, haber estudiado diseño de ambientes y objetos fue clave”, dice. No solo por la joya en sí, sino por cómo la presentó, cómo armó el proyecto, cómo logró traducir una idea en algo legible para otros.
En Florencia, el oficio se practica. Se mide en horas, en repetición, en errores que obligan a empezar de nuevo. “Durante mi formación, los ejercicios iban más allá de la estética misma, lo primordial era que estuviera bien construido”, cuenta. Esa lógica, exigente y sin concesiones, la obligó a desplazar el eje desde la idea hacia la estructura, desde el concepto hacia la ejecución.
Y es ahí donde todo se pone en juego. No hay explicación que compense una mala soldadura, un engaste mal resuelto o una decisión técnica débil. El trabajo la ordena, le exige concentración y la invita a estar completamente presente.
Esa misma atención aparece en la relación con quienes le encargan una pieza. Porque, si algo define su trabajo, es la manera en que se involucra con lo que le confían.
Al escucharla, la exigencia no se siente pesada. Hay algo en su energía —abierta, luminosa— que mueve todo hacia adelante. Habla de lo que cuesta, de que su modelo de negocio no es sencillo ni fácil, pero no se queda ahí. Siempre hay un siguiente paso, algo que hacer, algo que resolver, algo nuevo que aprender.
Traducir lo íntimo
Constance se reconoce como una custodia de lo que escucha, y eso conlleva una responsabilidad particular. Muchas de esas historias son íntimas, familiares, cargadas de sentido. Y eso moldea la manera de trabajar.
Gran parte de su trabajo está hoy vinculado a anillos de compromiso y matrimonios, donde esa carga simbólica es aún más evidente. No son solo joyas, no es solo romanticismo: son decisiones importantes, momentos que marcan un antes y un después.
Antes de diseñar, construye un mapa: emociones, vínculos, referencias. Una pizarra llena de información que para el cliente puede parecer secundaria, pero que para ella es fundamental.
Ese proceso toma tiempo. No solo por la ejecución, sino por todo lo que ocurre antes: escuchar, entender, proponer, ajustar. Y luego, hacer. Hacer bien. Incluso en lo que no se ve.
—En estas historias de pareja que te cuentan, ¿cuál ha sido la mayor anécdota que recuerdas?
—Hace 10 años. Un anillo de compromiso. Me lo encargaron talla 13 y el dedo era 6 —se ríe—. No era solo achicarlo: tenía diamantes y un ópalo importante, así que implicaba una intervención completa. La pieza viajó desde Australia a Florencia para una intervención completa. Tuve que rehacer parte de la pieza por dentro para no comprometer la estructura ni el engaste de las piedras de acento, desmontar el ópalo central, aplicar fuego, volver a engastar y retocar el grabado. Fue de esos casos que me puso de verdad a prueba.
El oficio más allá del banco
—Hay una parte del oficio que no se ve, pero que es clave, ¿no?
—Totalmente. El trabajo no ocurre solo en el banco de joyería. También hay que entender números, calcular, cobrar, exportar, enfrentar impuestos, aduanas y ordenar procesos. Abrazando también esta parte, me ha permitido convertir mi pasión en mi trabajo serio y real. Es lo menos visible, pero igual de importante.
A ese recorrido se suma otro aprendizaje: poner precio al propio trabajo, como parte del mismo oficio. En un contexto donde hablar de dinero a veces incomoda, es un proceso que toma tiempo.
Implica entender costos y tiempos, pero también hacer visible el valor intangible detrás de cada pieza. Porque el precio se fija, pero el valor se construye.
En ese equilibrio entre lo técnico, lo humano y lo estructural, hay una decisión constante: no transar, mantenerse fiel a una línea, a su filosofía. No trabaja en serie, no repite piezas a pedido, no ajusta su proceso a la velocidad del mercado. Esa coherencia tiene un costo, pero también define su trabajo.
El valor del tiempo
El material, aunque importante, no define el valor de una pieza. Trabaja en oro, le atrae su comportamiento, su resistencia, su capacidad de mantenerse en el tiempo.
—Trabajas mucho en oro. ¿Qué te da ese material en el trabajo?
—Más allá de su valor económico, me fascina cómo responde en el hacer. Su densidad, su memoria, cómo se comporta en la soldadura, su estabilidad en el tiempo y lo que se puede llegar a hacer con él. Requiere de mucha precisión y asegura permanencia, sobre todo en piezas donde el detalle no puede perder definición. En ese sentido, es una decisión técnica.
—Cuando se habla del valor de una pieza, ¿dónde está realmente?
—El material claramente incide, las piedras preciosas y sobre todo hoy con la variabilidad del precio del oro, pero no es lo que define la pieza. Crear piezas únicas, desde cero -sin moldes ni CAD/CAM- implica que cada joya asume individualmente todo el costo del proceso; por eso siempre es y será más costoso que la producción en serie.
Constance refuerza que para ella es fundamental que se comprenda el trabajo, el tiempo invertido, la dificultad técnica, la maestría y todo lo que hay detrás. La joya no se reduce solo a los materiales: es el resultado de un proceso, de una relación real y humana con quien la encarga y de la exclusividad de poseer algo que nadie más tendrá.
Trabajar de a dos
En ese contexto, Gonzalo Vilicic—su marido— no es un acompañante lateral. Es parte del sistema. Trabajan juntos, se revisan, se corrigen, se empujan. Él, desde la precisión y técnica con el engaste de las piedras y lo digital. “Con su ojo clínico, es mi control de calidad”, dice.
En un trabajo que exige concentración total y una relación casi obsesiva con el detalle, ese vínculo se vuelve estructural. No solo comparten el taller, comparten la manera de mirar.
Nada de esto ocurre rápido. Y tampoco responde a una idea romántica del talento. “El talento puede ser un 20%. La práctica y perseverancia es el 80%”.
En su trabajo, cada pieza es distinta a propósito. No hay repetición, y eso implica enfrentarse cada vez a algo nuevo: resolver, ajustar, encontrar la forma. “Eso es lo que me mantiene viva y atraída por este oficio como el primer día”, cuenta.
Entre Chile e Italia, entre lo incorporado y lo que sigue en construcción, su trabajo se define por una manera de hacer. Por una ética que atraviesa cada decisión.
Porque al final, más que hacer joyas, lo que permanece es la historia que cada una contiene, la conexión humana y la experiencia creada con quien la encarga.












