
Lo que no se transmite se pierde
julio 21, 2026
Vania Ruiz: Conversando con el material
julio 21, 2026Hay una pregunta que casi nadie hace al comprar una joya con piedra chilena: ¿quién garantiza que es lo que dice ser, y cómo llegó hasta ahí?
El lapislázuli es piedra nacional de Chile desde 1984 y sale de un único punto del mapa: la mina Las Flores de los Andes, a 3.600 metros de altura en la cordillera de Monte Patria, al noreste de Tulahuén, Región de Coquimbo. Es el segundo depósito más importante del mundo después de Sar-i-Sang, en Afganistán. Y lleva más de una década en crisis: según el Sernageomin, el último año con producción reportada fue 2009, con 215 toneladas, y de acuerdo a los propios habitantes de Tulahuén, la mina funcionó por última vez en 2023, de manera intermitente.
El problema es que el lapislázuli siguió circulando. Parte del mercado se abastece de extracción ilegal: grupos organizados que suben con explosivos, dinamitan el yacimiento y bajan la piedra en mulas y camionetas para venderla a artesanos y tiendas. En 2018, Carabineros de Tulahuén detuvo a dos personas que bajaban con un centenar de kilos avaluados en dos millones de pesos, además de cartuchos de amongelatina y detonadores. Cuatro años antes, dos pastores fueron encontrados muertos en la misma cordillera con señas de una explosión; el peritaje de la PDI encontró esquirlas de lapislázuli incrustadas en sus cuerpos. A eso se suma otra paradoja: Chile, uno de los dos países del mundo con yacimientos de calidad, hoy también importa lapislázuli desde Afganistán, donde la extracción financia conflictos armados.
¿Y quién certifica lo que compras?
Nadie está obligado a hacerlo. En Chile no existe una ley que exija verificar la autenticidad ni la calidad de una gema antes de venderla. El lapislázuli, además, no tiene una clasificación internacional estricta como la de los diamantes: su valor se juega en el ojo. Mientras más lazurita, más azul profundo y mayor precio; las vetas blancas de calcita lo abaratan; y los puntos dorados de pirita son la mejor señal de autenticidad, porque distinguen al lapislázuli verdadero de imitaciones frecuentes como la sodalita teñida.
Para quien quiere certeza, existen laboratorios gemológicos privados que emiten certificados de autenticidad mediante espectrometría, índices de refracción y otras pruebas. Pero incluso ahí conviene el ojo crítico: gemólogos han denunciado la circulación de piedras compradas por internet con certificados falsos, emitidos por laboratorios que no existen. Un papel no reemplaza a un profesional confiable.
Ese profesional, en el origen de toda joya con piedra, es el lapidador: el primer eslabón entre la mina y el joyero, el que recibe la roca en bruto, opaca y sin gracia, y ve en ella lo que nadie más ve. Su oficio empieza mucho antes del corte. Lee las vetas naturales para decidir por dónde entrar, conoce cómo se fractura cada material, sabe dónde se rompe. Después vienen el aserrado con disco diamantado, el preformado, el desbaste con granos cada vez más finos y el pulido final. Para piedras opacas como el lapislázuli, la turquesa o la malaquita, el corte clásico es el cabujón: superficie lisa y abovedada, sin aristas, que concentra el color. Para las piedras transparentes existe el facetado, ese juego geométrico de caras que administra la luz, un arte que se sofisticó en el Renacimiento, cuando la rueda de corte horizontal permitió repetir esquemas de facetas con precisión y las piedras empezaron a brillar desde adentro. La tecnología ha facilitado el trabajo, pero todavía no reemplaza ni el instinto, ni la mirada, ni la mano que decide.
Esa mano escasea.
En el mismo Tulahuén quedan tres talleres que trabajan la piedra nacional, sobreviviendo con trozos de despunte porque el material grande ya no llega. Los artesanos de la zona buscan hoy una denominación de origen para el lapislázuli de Tulahuén, que permitiría certificar la procedencia y proteger el oficio. El conocimiento, mientras tanto, se sigue transmitiendo en pocos lugares: escuelas y talleres que enseñan a cortar, calibrar y pulir, formando a los joyeros que quieren dejar de comprar sus piedras listas y aprender a leerlas en bruto.
Al final, cada piedra montada en una joya guarda una historia que casi nadie pregunta. Preguntarla es la única certificación que, por ahora, no falla.
¿Qué opinas?
Fuentes: La Tercera, La Segunda, Ovalle Hoy, Sernageomin, Biblioteca del Congreso Nacional.








1 Comment
Mientras no existan verdaderas ganas y apoyo de regular el tema de la extraccion del lapizlazuli, seguira siendo lo mismo, y si a eso sumamos que importarlo es mas viable, aunque su obtencion sea de mala manera, trafico, etc. El tema no creo que cambie mucho.