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Las joyas de oro más antiguas conocidas hasta hoy fueron encontradas en el poblado prehistórico de Solnitsata y en la Necrópolis de Varna, en Bulgaria. Datadas entre el 4600 y el 4200 a.C., estas piezas tienen cerca de 6.000 años de antigüedad y constituyen el primer testimonio del oro trabajado con intención simbólica.
En Varna se hallaron más de 3.000 objetos —collares, brazaletes, cetros, amuletos y piezas rituales— con un peso total aproximado de 6 kilos de oro. Algunas tumbas no contenían esqueletos, sino únicamente ofrendas funerarias, lo que sugiere que estas joyas no eran adornos personales, sino lenguaje ritual, social y espiritual. Este hallazgo fue excepcional: tuvieron que pasar casi 2.000 años para que la fabricación de joyas de oro se expandiera en otros pueblos.
Con el surgimiento de la civilización sumeria, hacia el 3000 a.C., la joyería da un giro decisivo. En Mesopotamia, los Sumerios desarrollaron una extensa red comercial que les permitió acceder a oro, plata y piedras preciosas provenientes de regiones lejanas como Afganistán y la India. La joyería dejó de ser ocasional para convertirse en oficio especializado, con talleres organizados y técnicas depuradas.
Aquí aparecen recursos fundamentales de la orfebrería: filigrana, granulación, martillado, modelado y fundición a la cera perdida. El dominio técnico era preciso y eficaz, y los diseños buscaban un equilibrio entre estética, simbolismo religioso y función social. Hombres, mujeres y niños usaban joyas: pendientes, collares, brazaletes, sellos y aplicaciones de oro formaban parte de la vida cotidiana, no solo de la realeza.







