
Antes de decir que sí
septiembre 17, 2026Cómo un anillo terminó convirtiéndose en símbolo de amor: de los acuerdos matrimoniales de Roma a una campaña publicitaria que convirtió al diamante en símbolo universal.
Un anillo de compromiso parece, a primera vista, una de las tradiciones más antiguas y naturales del matrimonio: un aro de metal, una piedra preciosa y una promesa de futuro. Pero casi ninguno de los elementos que hoy damos por sentados tiene un único origen. La historia del anillo de compromiso es una mezcla de derecho romano, costumbres medievales, joyería de las cortes europeas, diamantes provenientes de India, innovaciones técnicas y una de las campañas publicitarias más exitosas de la historia.
Hay una primera sorpresa: el anillo de compromiso tiene antecedentes muy antiguos. El diamante como piedra asociada al compromiso matrimonial de manera extendida pertenece a una historia mucho más reciente.
El anillo antes del romance
os anillos utilizados como símbolos de unión son mucho más antiguos que el concepto moderno de compromiso. Egipcios, griegos y romanos usaron anillos con distintos significados sociales, religiosos y matrimoniales. La historia que suele contarse, sobre egipcios que fabricaban anillos de junco porque el círculo representaba la eternidad, es atractiva, pero no existe evidencia arqueológica suficiente para presentarla como el origen documentado del anillo de compromiso.
El antecedente más claro aparece en la antigua Roma. Ya durante la República romana tardía y, con mayor evidencia, durante los primeros siglos del Imperio, los anillos formaban parte de las prácticas sociales y matrimoniales. El compromiso estaba vinculado a acuerdos entre familias y a cuestiones legales y patrimoniales, y el anillo podía funcionar como una señal pública de ese compromiso.
La tradición también habla del anulus pronubus, asociado al compromiso matrimonial. En algunos casos se mencionan anillos de hierro para el uso cotidiano y piezas de oro destinadas a ocasiones públicas, especialmente entre sectores acomodados. La existencia y el uso de estos distintos tipos de anillos aparecen en las fuentes antiguas, aunque la idea de que cada prometido recibía dos anillos debe tomarse con cautela.


Anillo romano de oro con una piedra nicolo (ágata azulada tallada en intaglio), grabada con una figura, y hombros acanalados. Se usaba como sello personal para estampar en cera o arcilla.
La “vena del amor” que nunca existió
También a los romanos se les ha relacionado con otra tradición que sobrevivió hasta hoy: llevar el anillo en el dedo anular de la mano izquierda. La explicación más conocida habla de la llamada vena amoris, una supuesta vena que recorrería directamente ese dedo hasta el corazón.
La anatomía moderna demuestra que no existe una vena con ese recorrido exclusivo. La historia de la vena amoris, además, tiene una evolución mucho más compleja de lo que suele contarse y su asociación directa con los romanos aparece en fuentes posteriores.
La costumbre de llevar el anillo en el dedo anular izquierdo se consolidó en distintas épocas y regiones por razones culturales y matrimoniales. La explicación romántica de la vena que conectaba el dedo con el corazón terminó convirtiéndose en una de las historias más persistentes alrededor del anillo de compromiso.
El anillo en tiempos medievales
Durante la Edad Media, el matrimonio fue adquiriendo una dimensión cada vez más religiosa en la Europa cristiana. Entre los siglos XII y XIII, la Iglesia latina consolidó progresivamente la doctrina del matrimonio como sacramento y las ceremonias matrimoniales fueron adquiriendo una estructura más definida.
Esto ocurrió durante un proceso largo, en el que las costumbres matrimoniales fueron cambiando según la época y el lugar. El uso de anillos también fue variando y la Iglesia lo incorporó a las ceremonias matrimoniales sin que eso significara que hubiera creado la tradición.
La joyería, mientras tanto, incorporó nuevos códigos. Aparecieron los posy rings, anillos con breves frases grabadas, muchas veces en el interior del aro, como pequeños mensajes privados entre los prometidos.
También aparecieron los gimmel rings, anillos formados por dos o más piezas que encajaban entre sí. Durante el compromiso, cada integrante de la pareja podía llevar una parte y, en la boda, las piezas se reunían para formar nuevamente un solo anillo.

Posy ring inglés, con la banda calada en forma de estrellas y un verso grabado en el interior del aro, visible solo cuando quien lo llevaba se lo sacaba.

Anillo gimmel de oro y rubí, abierto. El motivo de manos entrelazadas sostiene la piedra central. Museo Victoria y Alberto, Londres.

El mismo anillo gimmel, cerrado: los dos aros encajan entre sí y las manos quedan unidas bajo el rubí, formando una sola pieza.
India como proveedor de diamantes
Si hay un país que ocupa un lugar fundamental en esta historia, es India. Durante siglos fue la principal fuente conocida de diamantes en el mundo, aunque allí no exista evidencia de que haya nacido el anillo de compromiso.
Los diamantes eran conocidos y utilizados en India desde la antigüedad, y la región de Golconda se convirtió en una de las grandes fuentes históricas de estas piedras. Desde allí salieron algunos de los diamantes más famosos de la historia, que terminaron en los tesoros de reyes, emperadores y aristócratas europeos.
Durante mucho tiempo, un diamante fue algo muy raro. No existían grandes cantidades disponibles para el público y las técnicas de talla eran muy distintas de las actuales. Por eso, un diamante en un anillo era también una declaración de riqueza y estatus, mucho más que una costumbre extendida entre la población.
1477: el diamante en sociedad
El primer anillo de compromiso con diamantes del que existe un registro histórico se remonta a 1477. Ese año, el archiduque Maximiliano de Austria encargó un anillo para su prometida, María de Borgoña, con diamantes.
Además de ese primer anillo de compromiso, Maximiliano le dio a María un segundo anillo como regalo de matrimonio. Era de oro amarillo, cubierto de pequeños diamantes talla baguette dispuestos para formar la letra M, la inicial que compartían María y Maximiliano.
El gesto fue extraordinario para la época, pero el diamante todavía estaba lejos de convertirse en la piedra asociada universalmente al compromiso. Durante los siglos siguientes siguió siendo patrimonio de las cortes y de las grandes fortunas.
Además de India, aparecieron nuevas fuentes. En el siglo XVIII, Brasil se convirtió en un proveedor importante de diamantes para Europa. El diamante empezó a circular más, aunque todavía faltaba mucho para que se transformara en el símbolo universal que conocemos hoy.
Victoria, la serpiente y el amor eterno
El siglo XIX cambió la relación entre joyería y romanticismo. La reina Victoria del Reino Unido tuvo un papel importante en esa transformación.
En 1839 recibió del príncipe Alberto un anillo de compromiso con forma de serpiente, animal que en la época victoriana era vista como un emblema de sabiduría, eternidad y protección.
La serpiente estaba realizada en oro y la cabeza incluye rubíes, un pequeño diamante y una esmeralda, piedra natal de Victoria, lo que añadía un toque personal y sentimental al anillo. Esta joya se convirtió en un icono del estilo victoriano y en una referencia histórica dentro de la tradición nupcial británica.
El anillo de Victoria tuvo una enorme repercusión y ayudó a consolidar una idea que empezaba a tomar fuerza: el anillo de compromiso podía ser una joya diseñada especialmente para representar la relación entre dos personas.
La joyería comenzó a hablar cada vez más de sentimientos, identidad y romanticismo.

Novia india con un nath, el aro que se usa en la nariz como parte del atuendo tradicional de boda en India. Se asocia con la feminidad, la belleza y la fuerza, y sigue siendo parte del ajuar.

Anillo de compromiso con forma de serpiente que la reina Victoria recibió del príncipe Alberto en 1839. En la época victoriana la serpiente era símbolo de sabiduría, eternidad y protección.

Imagen del segundo anillo que Maximiliano le dio a María de Borgoña, con diamantes talla baguette formando la letra M sobre oro amarillo. Museo de los Diamantes, Brujas.
1867: el descubrimiento que cambió el mercado
En 1867 se descubrieron importantes yacimientos de diamantes en Sudáfrica. El hallazgo transformó el mercado mundial: la disponibilidad de diamantes aumentó de manera significativa y la piedra comenzó a llegar a nuevos mercados.
El británico Cecil Rhodes participó en la consolidación de las operaciones mineras y, en 1888, se creó De Beers Consolidated Mines. Con el tiempo, la compañía llegó a controlar una enorme proporción del comercio mundial de diamantes.
El aumento de la producción planteaba un desafío para la industria. Una piedra que había sido excepcionalmente escasa podía perder parte de su atractivo si llegaba al mercado en grandes cantidades. El control de la oferta y, posteriormente, la construcción de una poderosa asociación entre diamantes, amor y permanencia se convirtieron en elementos centrales de la estrategia comercial.
1886: Tiffany cambia el anillo para siempre
En 1886 apareció otra pieza fundamental de esta historia. Tiffany & Co. presentó un nuevo sistema de engarce en el que el diamante quedaba elevado sobre el aro y sostenido por seis pequeñas garras.
La innovación cambió la apariencia del anillo: al levantar la piedra y reducir el metal que la rodeaba, el diamante recibía mucha más luz y se convertía en el protagonista absoluto del diseño.
Así nació el Tiffany Setting, una de las configuraciones más influyentes de la historia de la joyería y una imagen que terminó asociándose estrechamente con el anillo de compromiso moderno.
Y entonces llegó la publicidad
A comienzos del siglo XX, el diamante todavía competía con otras piedras y diseños en el mercado de los anillos de compromiso. La situación cambió especialmente a partir de la década de 1930 y, con mayor fuerza, después de la Gran Depresión y durante la Segunda Guerra Mundial.
De Beers contrató a la agencia estadounidense N. W. Ayer para desarrollar una campaña que asociara los diamantes con el amor, el matrimonio y la permanencia. Entre quienes trabajaron en la campaña estuvo Frances Gerety, una joven publicista que en 1947 escribió cuatro palabras: “A Diamond Is Forever”.
El eslogan comenzó a utilizarse en 1948 y terminó convirtiéndose en una de las frases publicitarias más famosas del siglo XX. En 1999, Advertising Age lo reconoció como el mejor eslogan publicitario del siglo.
La frase funcionaba en varios niveles. El diamante evocaba permanencia, resistencia, rareza y duración, mientras que “para siempre” trasladaba esas cualidades a la idea del amor y del matrimonio: una joya destinada a perdurar se convertía en símbolo de una relación que también debía durar toda la vida.
La publicidad consiguió así unir dos conceptos que parecían hechos el uno para el otro: la permanencia del diamante y la promesa de eternidad del matrimonio, convirtiendo una piedra preciosa en una idea cultural.


Aviso original de la campaña "A Diamond Is Forever", escrita por la publicista Frances Gerety en 1947 para De Beers.
¿Cuánto debe costar un anillo?
La publicidad también ayudó a instalar otra de las reglas que hoy pueden parecer antiguas: cuánto debería gastarse en un anillo de compromiso.
La idea de que debía costar el equivalente a uno, dos o tres meses de sueldo no proviene de una antigua tradición matrimonial. Se construyó a través de campañas publicitarias que fueron modificando la cifra según las décadas y los mercados.
La conocida regla de los tres meses, por ejemplo, fue popularizada por De Beers en una campaña del siglo XX. Con el tiempo, estas cifras terminaron funcionando como una referencia social, aunque nunca hayan constituido una norma histórica del matrimonio.
El anillo pasó así a ser también una medida visible del compromiso y, en algunos casos, de la capacidad económica de quien lo entregaba.
Y los hombres, ¿cuándo empezaron a usarlos?
Durante buena parte de esta historia, el anillo de compromiso estuvo dirigido principalmente a las mujeres. En Estados Unidos hubo intentos de comercializar anillos de compromiso masculinos durante las décadas de 1920 y 1930, pero la costumbre no alcanzó una adopción masiva.
La historia cambió de manera importante durante la Segunda Guerra Mundial y los años posteriores, cuando se extendió entre las parejas estadounidenses la práctica de que ambos llevaran anillos de matrimonio. Los anillos masculinos comenzaron a adquirir una presencia mucho mayor y la ceremonia de intercambio de dos alianzas terminó incorporándose a la tradición matrimonial.
Con el tiempo, las fronteras entre compromiso y matrimonio, y entre joyería femenina y masculina, se hicieron más flexibles. Hoy existen parejas en las que ambos llevan anillo de compromiso, parejas que no los usan y parejas que eligen piedras, metales y diseños completamente distintos.
La historia del anillo de compromiso sigue escribiéndose. Cada época ha dejado en él algo propio: el acuerdo matrimonial de los romanos, los símbolos de la joyería medieval, los diamantes de India, las joyas románticas de las cortes europeas, la innovación de Tiffany y el enorme poder de la publicidad.

Anillo de Compromiso. Paola Abarza.

Anillo de Compromiso. Maca Sandoval.
El anillo de compromiso en Chile
A lo largo de los siglos, el intercambio de argollas y anillos de compromiso en territorio chileno ha evolucionado desde un reflejo del estatus colonial y el derecho canónico, hasta convertirse en un termómetro político de la nación.
La historia de estas preciadas piezas traza un viaje por la identidad y la cultura del país.
Siglos XVIII y XIX: El Oro de las Indias y la Herencia Colonial
Durante la época de la Colonia y los albores de la República, la entrega de joyas matrimoniales estaba estrictamente ligada al derecho canónico de la Iglesia Católica. En este periodo, los anillos eran mucho más que un pacto de amor; representaban una alianza económica, social y de linaje indispensable para la élite.
En los testamentos coloniales y archivos resguardados por el Archivo Nacional de Chile, es frecuente encontrar las argollas minuciosamente documentadas bajo la figura legal de bienes dotales o mandas de herencia. Las familias de alcurnia de la aristocracia criolla dejaban por escrito la cesión de sofisticados anillos de garras con esmeraldas o argollas de oro de las Indias como parte de un patrimonio familiar inalterable que se traspasaba con recelo de generación en generación.
Al mismo tiempo, la tradición mediterránea importada por España consolidó el uso del anillo en la mano izquierda debido a la persistencia del mito de la vena amoris. Esta costumbre religiosa y cultural caló tan profundo que continuó intacta incluso tras la secularización del Estado y la creación de la Ley de Matrimonio Civil en 1884.


La Consolidación de la Clase Media y el "Modelo Inglés"
Con la llegada del siglo XX, los procesos de urbanización y la consolidación de la clase media permitieron que el acceso a la alta joyería se democratizara. Las joyerías y talleres del centro de Santiago se transformaron en el epicentro de la confección de estas piezas, adaptando los catálogos internacionales al gusto local.
A diferencia de países como Argentina o España, donde predomina el término alianza, en Chile se arraigó con fuerza el concepto de argolla para denominar la banda matrimonial. Durante estas décadas, las páginas de publicidad de las revistas clásicas de la época, como Zig-Zag o Eva, evidenciaron cómo los orfebres nacionales adoptaron el modelo inglés como el estándar absoluto de la sociedad. Este diseño consistía en una banda de oro amarillo de 18 quilates con un perfil de media caña, liso y curvo hacia afuera. Su estética sobria y robusta definió el matrimonio chileno por generaciones, convirtiéndose en el símbolo tradicional por excelencia.



1973: El anillo de cobre
A fines de 1973, las argollas pasaron de lo privado a lo político. Tras el golpe de Estado, la fundación CEMA Chile lanzó la campaña "Comprométase con Chile" e invitó a las mujeres a donar sus anillos de oro para financiar al nuevo régimen.
A cambio, el Banco Central les entregaba un anillo de cobre hecho por la Casa de Moneda con la fecha "11 de septiembre de 1973" grabada.
Este hecho marcó la historia del país y el destino final de ese oro sigue siendo un misterio.
Primera foto: El libro Archivo Brügmann: Fotografías de matrimonios en Chile 1840–2026 reconstruye, a través de 200 imágenes, distintos aspectos de este importante rito: el color del vestido de novia, la luna de miel, la fiesta, el matrimonio religioso y civil, son algunos de los tópicos. Fue editado junto a Amo Santiago con el apoyo del Fondart Región Metropolitana 2025 del Ministerio de las Culturas y las Artes. Novios: Matrimonio Salcedo Rossel, 1884. Novia: Patricia Muñoz de Laiseca, 1966.




