
Vania Ruiz: Conversando con el material
julio 21, 2026El Renacimiento marcó la salida de la mentalidad rígida y dogmática de la Edad Media. El humanismo puso al ser humano, y no al orden divino, en el centro de todo: del arte, la filosofía, la ciencia y también el cuerpo. Ese cambio se notó primero en la piel: la nobleza y la rica burguesía desarrollaron un gusto exquisito por el aspecto personal, y la joyería volvió a convertirse en símbolo de prestigio y poder, valorada tanto por sus materiales (oro, piedras preciosas) como por el diseño y el supuesto valor protector de cada pieza.
La moda acompañó esa transformación. El vestuario se volvió un símbolo de lujo y distinción entre la nobleza y la rica burguesía: terciopelo, seda, finos bordados, pasamanería y perlas reflejaban el creciente interés por la apariencia y el estatus. Pero fueron las joyas las que terminaron de definir ese lenguaje. Collares, broches, cadenas, anillos y piedras preciosas se incorporaban al cuerpo y al vestuario por igual, hasta volverse protagonistas de la indumentaria.
El cuidado personal adquirió una importancia inédita. Los elaborados peinados, acompañados de tocas, cofias y bonetes, se completaban con la fastuosa joyería de la época. Isabel I de Inglaterra, la Reina Virgen, fue una de las grandes referentes de esa estética: célebre por sus vestidos ricamente ornamentados y por lucir pelucas y tocados cargados de joyas, terminó de consolidar la joyería como una de las máximas expresiones de estatus en la corte.
Un salto del saber hacer
El oficio, mientras tanto, daba un salto importante: ningún joyero podía trabajar de forma independiente. Debía pertenecer al Gremio de Joyeros, la asociación que regulaba y tutelaba la profesión. Rendir pruebas ante una comisión, presentar bocetos previos, encargar a otro artista el engaste, el grabado o el esmaltado según la técnica: la joyería empezaba a organizarse como oficio serio, con jerarquías y estándares.
De ahí nació lo que hoy llamamos alta joyería: metales nobles combinados con piedras preciosas facetadas, posibles gracias a nuevas herramientas capaces de tallar piedras de mayor dureza. Mateo Dal Nassaro fue uno de los nombres que más destacó en ese momento, reconocido por la talla y por obras como un libro de horas hecho en oro y piedras preciosas.
En paralelo se perfeccionó otra forma de orfebrería, más silenciosa: el camafeo. Piedras de distintos colores, talladas en relieve, generalmente en ágata sardónica, ónix o nácar. Los viajes de descubrimiento sumaron materiales nuevos al repertorio: colmillo de narval, ámbar, jade, caparazones de tortuga y conchas marinas poco vistas hasta entonces. La técnica sobrevivió mucho más allá de su época: la joyería victoriana, dos siglos después, todavía la tenía como referencia.
Una perla robada
Ninguna joya resume mejor el drama renacentista que La Perla Peregrina. Un esclavo la encontró en Panamá hace más de 400 años: una perla en forma de lágrima, grande y escasa, que terminó en manos de Felipe II de España y fue lucida por generaciones de reinas. Con el tiempo fue robada por José Bonaparte, comprada después por el marqués de Abercorn y rematada siglos más tarde por Richard Burton, para regalársela a Elizabeth Taylor. Ella le encargó a Cartier un collar de perlas, diamantes y rubíes para lucirla. Una sola piedra, cuatro siglos, media historia de Europa colgando de ella.
Diseño de la casa Cartier para la Perla Peregrina.














