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Egipto: Las joyas y el universo
mayo 18, 2026Treinta años con un taller en una mano y un aula en la otra, ocho libros escritos a las tres de la madrugada y cuatro visitas a Chile que dejaron huella. Carles Codina habla del relato que debe tener toda joya, del precio que nadie enseña a cobrar y de por qué las técnicas de dos mil años siguen siendo la mejor apuesta para iniciarse en la orfebrería y la joyería.
Carles Codina i Armengol nació en 1961 en Mollet del Vallès, a las afueras de Barcelona. Desde joven tuvo claro que el metal era su lenguaje, el del banco de trabajo, el de la pieza que se construye con las manos y se piensa con el alma. Estudió en la Escuela Masana de Barcelona y a los 24 años, antes de terminar su formación, ya enseñaba allí. Pero la docencia nunca desplazó al taller.
Durante décadas, Codina mantuvo en paralelo su práctica como joyero y orfebre —con marca propia, con clientes, con una obra que alcanzó proyección internacional en Europa y América— y su trabajo como profesor, autor y jurado. No eligió entre una vida y la otra. Las llevó juntas, siempre.
Mientras enseñaba, escribía libros hasta las tres de la madrugada. Mientras escribía, viajaba a Colombia, México, Perú, Argelia, Chile. Mientras viajaba, seguía haciendo piezas. Hace dos años se jubiló de la Masana. Confiesa que fue como una adolescencia: hizo un curso de adiestramiento canino, sacó el título de piloto de drones y, finalmente, entendió que lo mejor que podía hacer era volver a lo que sabe.
Así, comenzó a ejercer como comisario de selección para las tiendas del Grupo La Capell en Barcelona. Hoy trabaja con su socio y amigo Ricardo Domingo en Barcelona, un proyecto de experiencias de lujo ligadas a la ciudad, y sigue seleccionando piezas, enseñando, pensando el oficio.
Conversamos durante su cuarta visita a Santiago, invitado por Fundación Planea y la Escuela de Joyería Pamela de la Fuente, un vínculo que desde 2009 lo trae de vuelta a Chile.
Los libros que no caducan
Codina publicó su primer libro, La Joyería, en 1996. Todavía se vende y es lectura obligada para muchos que empiezan. Le preguntamos por qué y la respuesta es tan simple que sorprende.
"Mi editora me tenía casi prohibido usar tecnología. Me decía que si ponía procesos computarizados, sistemas 3D, técnicas muy de presente, los libros se iban a vender un año y nada más. Y tenía razón. Un libro de fondo es como comprar tomates maduros: si los compras ya maduros, mañana se pudren. Pero si usas granulación etrusca, Mokume Gane, técnicas de dos mil años, tu libro le sirve a tu generación y a la siguiente".
El nuevo lujo
Braincelona parte de una idea que Codina describe con precisión: el nuevo lujo no es lo más caro, es lo irrepetible.
"Un vestido de Agatha Ruiz de la Prada puedes llegar a comprarlo. Pero que Agatha salga a pasear contigo por las ruinas de Barcelona y tome un café contigo, eso es otra historia. No es caro, pero no lo vas a olvidar. Eso es Braincelona: acceso a cosas que no están en ningún catálogo".
En menos de un año y medio llenaron cuatro ediciones —Barcelona, Chile, México, Chiapas— con personas que viajaron de un continente a otro para participar. No está mal para un proyecto que nació en lo que él mismo llama "la fase de imbecilidad total de la jubilación".
La joya que vale
Cuando Codina habla de qué hace que una pieza valga, descarta rápido las palabras que no le sirven. Como profesor, tiene ciertas frases prohibidas.
"Nunca he valorado un trabajo con 'me gusta', 'me lo pondría' o 'qué decorativo'. Un profesor tiene que tener prohibidas esas frases. Lo que busco —en el aula, en la selección de piezas para La Capell, en cualquier contexto— es que un objeto me sorprenda, me diferencie y me cuente algo. Un pequeño relato. Si no lo tiene, es un adorno… y el adorno lo dejas en el mostrador".
La diferencia entre una joya de autor y una joya de mostrador, insiste, es exactamente esa: el relato. Y aclara:
"Que una filigrana peruana lleve ochenta mil horas de trabajo me importa bien poco si no me habla. El virtuosismo no es sinónimo de belleza. Un objeto tiene que cautivarte. Hay cosas hechas con un tubo de Pyrex —lo más feo del mundo— que con un soplete y criterio se convierten en algo orgánico que no puedes dejar de mirar. Eso no se compra con horas. Requiere sensibilidad, y esa no sé de dónde se aprende".
El precio y la profesionalización
Uno de los temas que más le preocupan del sector artesanal es la falta de criterio para poner precio al propio trabajo.
"Hay gente que trabaja, trabaja, trabaja, le encargan doscientas piezas y la ves diez años después en el mismo punto. Porque colocó mal el precio. A veces demasiado alto, sin conocer el entorno. Otras veces demasiado bajo, y trabaja dos meses para terminar donde empezó. Las escuelas no enseñan esto y es uno de los problemas principales del artesano".
Y agrega:
"Un objeto vale lo que alguien está dispuesto a pagar por él si lo quiere. Si tiene contenido simbólico, si te habla, puede estar hecho de papel y valer más que uno en oro. Enamorarte de algo feo no tiene explicación racional, pero pasa (se ríe). Y cuando pasa, el precio es otro. Eso también hay que saberlo leer".
Chile, entonces y ahora
La primera vez que Codina llegó a Chile no había mucho. Existía la galería Ceppi y poco más. Nadie hablaba de cuestiones formales, no existían asociaciones, ni había organización.
"Yo llegué, miré y dije lo que pensaba. Recuerdo que hice una conferencia en el Museo de Bellas Artes pensando que no iba a ir nadie. Se llenó. Me solté y dije todas las barbaridades que se me pasaron por la cabeza. Creo que causaron impacto. Es mi carácter: digo las cosas como las pienso, como las creo, siempre con el ánimo de mejorar. Y parece que a la gente le gusta".
El impacto fue real. Después vinieron Jorge Castañón, Ramón Puig, otros referentes internacionales. Se formaron grupos, asociaciones, proyectos.
"Se generaron cosas como Joya Brava. Salieron artistas como Rita Soto. Lo primero que tenías que hacer era agruparte y reivindicar. Y eso se hizo en Chile. Se pusieron las cosas en su sitio. ¿Qué le falta todavía? Siempre le falta algo. Pero el cambio es real y yo estoy contento por eso".
Lo que no se enseña en el banco
Hablamos del error, de la frustración, de lo que implica aprender un oficio que exige repetir hasta que sale bien.
"La equivocación es parte del proceso. Siempre lo ha sido. Yo aprendí equivocándome. En los talleres había cosas que repetías diez veces y no pasaba nada… era lo normal. Lo que noto ahora es que a las nuevas generaciones les cuesta cada vez más equivocarse. Antes decías 'repítelo, está mal' y nadie se inmutaba. Hoy hay alumnos que viven eso como un drama. Y eso preocupa, porque la joyería tiene una parte árida impresionante. Es un oficio. Y el oficio se aprende así."
—¿Qué le diría a alguien que está empezando?
—Lo principal es que respires donde estás. Hay mucha gente que hace objetos bonitos, con su relato interior, con sus neuras. Pero es muy difícil que alguien venga a comprarte esa joya y se la cuelgue al cuello. Tienes que entender el entorno. El alumno que no entiende dónde está —si es Barcelona, si es Santiago, si es online— mal va. Puede ser el mejor joyero del mundo, pero si no sabe dónde coloca ese queso, no lo va a vender nadie. Y el contexto cambia rápido. Tienes que adelantarte, estar ahí, presentar el género a tiempo.
Liliana Ojeda, alumna de los talleres que dio en Chile, lo ejemplifica así: "el maestro Codina nos deja interrogantes como: ¿por qué en nuestro país regalamos metal al trabajar con 950? Sus clases revelan su evangelización: la importancia de enseñar los oficios ancestrales, porque siempre estarán vigentes, igual que sus libros".

















3 Comments
Excelente nota.
Muy buena nota! Me da mucha emoción este reportaje que no solo habla de la visita del Maestro Catalán a Chile, sino de la escena que se armó acá a partir de esa primera visita, hace ya diecisiete años? Que siga creciendo, sumando manos y cabecitas, marcando nuestra disciplina para siempre.
Codina, um artista que ama seu ofício