
Bauhaus: cuando el diseño volvió a la mano
febrero 11, 2026
Valeria Martínez Nahuel trabaja la filigrana como un idioma: hilos mínimos que sostienen el vacío. Desde el cobre —materia con memoria— su obra atraviesa artesanía, joyería contemporánea y un territorio íntimo donde el árbol deja de ser tema para volverse metáfora.
Conversar con Valeria es hacerlo sin poses ni discursos aprendidos. Habla desde la calma de quien ha sostenido una práctica completa durante décadas: crear, producir, enseñar, vender, comunicar, volver a crear. “Yo me dedico cien por ciento a la joyería desde siempre. Nunca he tenido otro trabajo”, dice. En esa frase hay biografía, pero también una ética.
Su historia parte temprano. Estudió Arte —grabado— en la Universidad Católica y, en paralelo, se formó en orfebrería desde los 18, cuando en Chile la joyería con una mirada más artística era un territorio casi inexistente. No había escena ni mercado, tampoco una cultura del objeto hecho a mano como la entendemos hoy. Aprender, entonces, era aprender de verdad: taller, banco, técnica y error.
Mientras estudiaba composición, color y lenguaje visual en arte, empezó a intuir que todo eso podía volverse joyería. No joyería como accesorio, sino como un espacio donde la creatividad no tenía que ajustarse a moldes. “El programa era súper cuadrado”, recuerda, hasta que decidió inventar. Hizo una línea de colgantes y algo hizo clic.
Ese clic tuvo un contraste concreto: el grabado y la fotografía análoga. “Salí de la escuela de arte siendo grabadora especializada en fotografía, pero estar en un cuarto oscuro no era lo que quería.” Eligió la joyería porque ahí había cuerpo, materia, luz. Presencia.
Una primera exposición —en la galería de una amiga— confirmó esa intuición: sí se podía hacer una joyería distinta. Desde ahí el camino se volvió sostenido: taller, producción, clases. Porque en la joyería nada se sostiene solo por inspiración. Se sostiene por método.
“La filigrana que hago es personal”
En 2009 viajó a Paraguay para aprender filigrana. No fue un aprendizaje idealizado: un curso básico, en un pueblo, en un taller mínimo, tres personas compartiendo banco, sin laminador, con un profesor enseñando a pulso. Volvió con la base, pero no con el dominio. Eso vino después, en Chile, con trabajo solitario y experimentación constante.
“Al principio pensé que trabajar con hilito no era lo mío”, dice. En ese momento hacía piezas grandes, geométricas. Pero la filigrana le abrió otra posibilidad: que desde lo mínimo se pudiera crecer, que un hilo se volviera estructura, que el vacío también formara parte de la pieza.
La técnica se volvió lenguaje propio. “La base la aprendí allá, pero todo lo que hice después es experimentación”, cuenta. Y entonces apareció una frase decisiva, dicha por otro.

Un mentor técnico —Jorge Manilla— la miró y le dijo: “Saca volumen”. Ese gesto cambió todo. Valeria entendió que la filigrana no tenía por qué quedarse en lo plano o decorativo. Podía ocupar espacio, levantar cuerpo, existir con presencia. Ese cruce —filigrana y volumen— se volvió su marca.

Ese lenguaje encontró un punto de inflexión en el concurso de cobre organizado por Minera Los Pelambres junto al Museo de Arte Contemporáneo. Valeria venía trabajando filigrana en plata y se preguntó: ¿por qué no hacerlo en cobre?
El cambio no era solo material. El cobre exige otro pulso, otras soldaduras, otros grosores. Empezó a probar con cables eléctricos, a buscar el punto exacto, a entender cómo “habla” el cobre cuando se lo trata como filigrana.
El primer año presentó un broche que quedó seleccionado. Llamó la atención porque era inusual. Nadie estaba haciendo filigrana en cobre.
El segundo año presentó un collar grande, volumétrico. Antes del resultado, ella ya sabía que estaba entregando algo distinto. Ganó el concurso. Y con eso llegó algo más importante que el premio: la validación de una investigación real
.Desde un museo en Italia ligado a la filigrana le confirmaron que en el mundo la filigrana se hace en plata u oro; en cobre, casi no. “Éramos como dos personas”, recuerda. No lo dice como hazaña, sino como constatación de un camino abierto.
Árboles Sagrados: cuando el tema deja de ser tema
Hace diez años, Valeria desarrolló una colección que se volvió referencia: Árboles Sagrados, inspirada en árboles de culto de las culturas originarias del sur de Chile. Coihue, canelo, piñón, araucaria. El impulso inicial era simbólico: protector, refugio, fuerza espiritual. Las piezas eran legibles, gráficas, reconocibles.
Con el tiempo, incluso dentro de esa misma serie, algo empezó a desplazarse. La araucaria dejó de ser “araucaria” para volverse estructura, helicoide, gesto. El árbol seguía ahí, pero ya no como imagen, sino como esencia.
Diez años después, Valeria postuló un FONDART y lo ganó. El proyecto se llamó Árboles Sagrados: una década de legado. La idea parecía clara: volver a los árboles con una técnica más madura, con volumen, con cobre. Pero el proceso creativo hizo lo que hacen los procesos verdaderos: cambió el eje.
—¿La naturaleza es tu tema? —Yo partí pensando que sí. Pero trabajando me di cuenta de que no era el árbol. El árbol pasó a ser metáfora. Terminé siendo yo.
Ese giro no fue conceptual. Fue corporal. Valeria construyó una casita-taller bajo los árboles y trabajó ahí durante meses. El tiempo se volvió más lento, más interno, más meditativo. “Fue súper sanador”, dice, como diagnóstico, no como consigna.
—¿Cómo se siente eso, en el cuerpo? —Trabajé todo el año. Era un proceso meditativo. Después de la exposición quedé pensando: “¿y ahora cómo continúo?” Fue demasiado potente.
El árbol se volvió metáfora de raíces invisibles, de legado, de ausencia. Las piezas cambiaron de lenguaje. Sus títulos enuncian. Raíces invisibles me sostienen. Aún escucho sus voces entre las hojas. Lo que no dije floreció en silencio. Me convertí en árbol para no caer.

Un mentor técnico —Jorge Manilla— la miró y le dijo: “Saca volumen”. Ese gesto cambió todo. Valeria entendió que la filigrana no tenía por qué quedarse en lo plano o decorativo. Podía ocupar espacio, levantar cuerpo, existir con presencia. Ese cruce —filigrana y volumen— se volvió su marca.

Ese mismo efecto aparece cuando sus joyas salen del espacio expositivo y entran en la vida cotidiana.
—Cuando ves una pieza tuya puesta en alguien, ¿qué te pasa?
—Me encanta. No puedo evitar decirle: “ese aro lo hice yo”. Siempre me dicen que se los alaban. Son piezas que no pasan desapercibidas.
—¿Te han dicho cosas raras?
—(Ríe) Sí. Que los aros son más protagonistas que ellas.
No hay vanidad en esa risa. Hay conciencia de forma y de escala. Cuando la filigrana se vuelve volumen, deja de ser detalle y pasa a ser lenguaje visible.
Lo que queda por aprender
—¿Tienes alguna joya favorita?
—No existe una favorita. Pero me encantan los camafeos. Me recuerdan a mi mamá, que se obsesionó con ellos cuando le robaron uno que pertenecía a su familia.
Esa memoria dio origen a la colección Tesoros, donde combina camafeos, filigrana y micromosaicos. Una forma de reconstruir lo perdido, de convertir la ausencia en objeto.
—¿Qué te preocupa hoy?
—La inmediatez. La gente aprende rápido, en YouTube. Y los resultados se notan.
Valeria observa el presente con claridad. La velocidad del mundo ha cambiado la forma de aprender, y eso tiene consecuencias. Cuando se aprende rápido, la pieza puede parecer, pero no ser. La cultura visual, la que distingue mano, técnica y rigor, sigue siendo frágil.
A eso se suma otro dolor real: el precio del metal. “¿Cómo vendes algo cuatro o cinco veces más caro?”, se pregunta. Para ella, la respuesta no está en el marketing, sino en mostrar el proceso: horas, errores, decisiones. Para quien observa el proceso, el valor de la pieza se desplaza: deja de ser solo precio y se vuelve tiempo, decisión y trabajo.
En paralelo está el desgaste concreto de un trabajo que no se delega. Valeria hace todo sola. Jornadas largas y una conciencia constante de fragilidad. Lo vivió cuando se quebró el codo derecho: la imposibilidad de trabajar y la dependencia absoluta de las manos.
Y aun así, en medio de premios, exposiciones y circulación, hay una frase que lo ordena todo: “La orfebrería es mi vida.”
No como romanticismo, sino como forma de estar en el mundo. Le ha dado viajes, encuentros, proyección internacional, pero sobre todo una práctica que no se agota. “No me aburro. Me sigue fascinando. No termino de aprender.”
Sus mentores aparecen desde ese mismo lugar. Nombra a Ricardo Domingo por la mirada y el sentido; a Jorge Manilla por el quiebre técnico del volumen; a Carlos Codina por la experiencia compartida. Y con gratitud nombra a Carlos Aedo, el profesor paraguayo que le enseñó la base de la filigrana: “si no fuera por él, yo no sabría hacer esto”. Cuando imagina el futuro, Valeria no habla de tendencias. Habla de tiempo. De vivir más conectada con la naturaleza, quizás fuera de Santiago. De sumar color —esmalte, micromosaico— y de seguir enseñando bien, para que la técnica se transmita como merece.
En el catálogo de El legado de los Árboles Sagrados, escribe que esta década no es solo continuidad, sino reconstrucción. Un gesto de persistencia. Después de conversar con ella, la idea se vuelve precisa: Valeria no fabrica joyas. Sostiene un lenguaje. Y en cada hilo de cobre, en cada soldadura, demuestra que todavía existe algo capaz de ir contra la prisa: bordar el vacío hasta que aparezca una forma que, por un instante, sea verdadera.
Valeria Martínez Nahuel
Licenciada en Arte (Grabado), Pontificia Universidad Católica de Chile. Más de 30 años dedicada a la joyería. Reconocida con el Sello de Excelencia en Artesanía (Chile) y el Reconocimiento de Excelencia a la Artesanía (UNESCO). Su trabajo destaca por la reinvención de la filigrana, llevándola al cobre, material emblemático de Chile.
valeria@valeriamartinez.cl / www.valeriamartinez.cl / @valeriamartinezorfebre
Por: Paola Tapia Uribe.
Fotografías: Valeria Martínez / Colección personal.


