Para no olvidar
agosto 24, 2026Hay una pregunta que parece simple, pero no lo es. De hecho, cambió por completo el oficio: ¿tiene que ser oro para ser joya? La respuesta a esa pregunta, y las décadas que tomó llegar a ella, es la historia de cómo la joyería dejó de medirse por el valor de sus materiales e incluyó lo que quería comunicar.
El primer quiebre: cuando el diseño importó más que el lujo
Durante todo el siglo XIX, una joya valía lo que valían el oro, el platino y las piedras que la componían. El oficio del joyero era, sobre todo, virtuosismo técnico al servicio de ese valor. El primer cuestionamiento vino de Inglaterra, con el movimiento Arts & Crafts liderado por William Morris: una reacción frente a la industrialización que puso el trabajo manual y el diseño por delante del precio de los materiales. El Art Nouveau fue un paso más allá: René Lalique [poner link a capsula RO10] demostró que el esmalte, el vidrio o el marfil podían convivir con el oro y las gemas, y que la belleza de una pieza podía residir en su composición, no en su costo.
El Art Déco y el pensamiento moderno
Las primeras décadas del siglo XX trajeron el Art Déco, consagrado tras la Exposición Internacional de Artes Decorativas de París en 1925: formas geométricas, líneas arquitectónicas; y casas como Cartier o Van Cleef & Arpels llevando ese lenguaje a lo suntuario. Seguía siendo joyería de lujo, pero con una diferencia decisiva: el diseño empezaba a pesar tanto como el material. Por esos mismos años, la Bauhaus ( link a Capsula RO 9), sin tener una escuela específica de joyería, dejó una huella que tardaría en manifestarse: la idea de que el diseñador, no solo el joyero, podía ser la figura central del proceso creativo.
La posguerra: nace una disciplina
El verdadero quiebre llegó después de 1945. En Alemania, Holanda y Gran Bretaña surgió una generación —formada por Hermann Jünger, Friedrich Becker, Wendy Ramshaw y David Watkins— que dejó de pensar la joya como objeto comercial para tratarla como lenguaje artístico. Artistas como Calder, Dalí, Picasso o Lichtenstein empezaron a diseñar joyas, acercando aún más el campo al arte.
La joyería comenzó a expresar ideas, conceptos y emociones mediante formas, materiales, técnicas y decisiones estéticas, más allá de su función ornamental sino como un lenguaje.


Excelente representación de la ruptura de Hermann Jünger con la joyería tradicional y de su interés por la materia, la textura, el azar y el movimiento.
Las preguntas cambiaron de naturaleza: ¿debe una joya estar hecha de oro? ¿Puede transmitir una idea? ¿Importa más el concepto que el material ?. La respuesta abrió un nuevo camino. El valor de la pieza ya no dependía únicamente de sus materiales, sino también de lo que era capaz de comunicar. El oro y la plata comenzaron a convivir con materiales industriales y cotidianos, mientras la joyería exploraba temas como la identidad, el cuerpo, la memoria y la sociedad. La materia dejó de ser un límite para convertirse en parte del discurso artístico.



Ojo y boca, dos motivos recurrentes del universo de Dalí, llevados a la joyería con diamantes y rubíes.2
De movimiento europeo a red mundial
En los años setenta, la disciplina consolidó identidad e independencia: nació el término Art Jewellery (también llamado New Jewellery Movement en el Reino Unido), las piezas únicas reemplazaron a la producción seriada, y el cuerpo humano dejó de ser soporte para volverse parte de la obra.
Ese quiebre lo marcaron primero Gijs Bakker y Emmy van Leersum, cuyas colaboraciones a fines de esa década (tales como ornamentos corporales de aluminio, geométricos), trataban la persona que las portaba como un elemento arquitectónico, despojando a la joya de todo sentimentalismo decorativo.
Durante estos años entraron el aluminio, el plástico, la madera, el papel, el caucho… y con ellos, la joyería contemporánea como disciplina propia.

Brazalete de Emmy van Leersum, parte de su exploración de nuevas formas y materiales para el cuerpo.

La fascinación de Friedrich Becker por el movimiento se refleja en piezas cinéticas de pequeño formato como este anillo.

Collar de Gijs Bakker, una obra que lleva la geometría y la estructura al territorio de la joyería.
Figuras como Otto Künzli, Peter Skubic y Ruudt Peters ampliaron esos límites después, mientras galerías, escuelas y museos (sobre todo en Alemania, Países Bajos y Reino Unido) le dieron legitimidad institucional.
Desde los noventa, el fenómeno se volvió global: Australia, Japón, Corea del Sur y América Latina desarrollaron sus propias escuelas y circuitos, y la disciplina empezó a hablar más allá de la forma, incluyendo temas de identidad, memoria, migración, patrimonio y medioambiente.

Otto Künzli llevó la joyería hacia una dimensión más conceptual, cuestionando sus códigos y significados.

Una obra de Ruudt Peters, marcada por la experimentación, el simbolismo y la investigación.

Friedrich Becker, Two Finger Ring, 1987. Acero inoxidable y corindón rojo sintético. Una pieza que desafía las convenciones de la joyería.
La joyería hoy
La joyería contemporánea de este siglo no tiene un estilo dominante, sino muchos: conceptual, narrativa, crítica, sostenible, biojoyería. La impresión 3D, los biomateriales y la inteligencia artificial ampliaron las herramientas sin reemplazar lo esencial: el valor de una pieza ya no depende necesariamente de la nobleza de sus materiales, sino de la solidez de su investigación y de lo que es capaz de comunicar. El joyero, en ese recorrido, pasó de artesano a artista-investigador, mientras que la joya pasó de adorno a discurso.


Foto inicio: Collar de Carolina Gimeno, una mirada contemporánea que amplía las posibilidades de la joya más allá de lo ornamental.







