
Almendra Baus: Fluir y vivir
junio 22, 2026Cuando la Revolución Industrial transformó Europa a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, cambió mucho más que los modos de producción. La economía se volvió urbana, mecanizada, eficiente. Y en ese proceso, la artesanía quedó desplazada. Cambió la relación entre el ser humano y los objetos que hacía.
La respuesta no tardó en llegar. A finales del siglo XIX, el movimiento Arts and Crafts —Artes y Oficios— surgió en Gran Bretaña como una reivindicación del trabajo manual frente a la máquina. Su apuesta era clara: recuperar los oficios medievales, crear objetos que fueran a la vez prácticos y bellos, devolver al artesano su lugar en el mundo. El concepto de progreso ya estaba instalado, pero había quienes se negaban a que ese progreso borrara la huella de la mano humana.
De esa tensión nació el Art Nouveau.
Entre 1890 y los primeros años del siglo XX, este movimiento artístico propuso un lenguaje visual completamente nuevo: curvas orgánicas inspiradas en la naturaleza, asimetría, estilización de flores, insectos y cuerpos femeninos, una sensualidad que atravesó todas las artes aplicadas.
El modernismo —como también se lo conoce— no se quedó en la pintura ni en la escultura. Se expresó en la arquitectura, el mobiliario, la cristalería, la cerámica, las artes gráficas. Los kioscos, las farolas y las estaciones de metro se convirtieron en objetos de diseño. La ciudad entera podía ser bella.
Y en ese clima, la joyería vivió uno de sus períodos de mayor esplendor.
El nombre que define esa transformación es René Lalique. Diseñador, joyero y vidriero francés, Lalique rompió con todas las convenciones del oficio. Mientras la joyería victoriana del siglo anterior giraba en torno a los diamantes y las piedras preciosas como protagonistas absolutas, él eligió libélulas, hierbas, cuernos de animal, marfil. Trabajó el oro esmaltado y esculpido, incorporó ópalos y piedras semipreciosas, y fue el primero en esculpir y modelar el vidrio como material joyero. Su encuentro con el arte japonés y el Renacimiento lo marcó profundamente, y esa influencia se ve en cada pieza: la precisión técnica al servicio de una visión que no cabía en los moldes de su época.
Pero Lalique no fue solo un joyero excepcional.
Fue el primero en ser reconocido como artista antes que como artesano. Sus botellas de perfume, vasos, candelabros y relojes extendieron su lenguaje más allá del cuerpo humano. Con él, el concepto de joyero como creador —con voz, con programa estético, con obra— entró definitivamente en la historia del oficio.















1 Comment
Excelente información.
No he tenido acceso a bibliografía que tratase sobre ARTISTAS DE LA JOYERÍA.