
Cuando el precio del metal se eleva, la mirada también cambia
febrero 11, 2026
Valeria Martínez Nahuel: Bordar en el vacío
febrero 18, 2026
La Staatliche Bauhaus, o “Casa de la Construcción Estatal”, fue mucho más que una escuela. Fundada en 1919 en Alemania por Walter Gropius, la Bauhaus nació como una reforma radical de la enseñanza artística, en un mundo marcado por los efectos de la Revolución Industrial.
Frente a la estandarización y la producción en serie, Gropius propuso volver a la base: la artesanía. En el manifiesto de la escuela se afirmaba la necesidad de recuperar los métodos artesanales, poner el oficio al mismo nivel que las Bellas Artes y producir objetos bien diseñados, funcionales y accesibles para la mayoría de la sociedad. El arte debía volver a la mano.
La Bauhaus funcionó como una escuela–experimento entre 1919 y 1933, atravesada por intensos procesos políticos y sociales. Su cierre, ordenado por el régimen nazi, no detuvo su influencia. Al unirse a la Escuela de Bellas Artes y a la Escuela de Artes y Oficios, se convirtió en la primera Escuela de Diseño del mundo, sentando las bases del diseño moderno.
Su modelo pedagógico rompió con las jerarquías tradicionales: no había alumnos y profesores, sino maestros y aprendices. Figuras como Paul Klee, Kandinsky, László Moholy-Nagy, Joseph Albers y Mies van der Rohe guiaron talleres donde se aprendía haciendo, explorando materiales, técnicas y formas sin las ataduras académicas clásicas.
Uno de los espacios clave fue el taller de metales, creado en 1920. En un pequeño taller colectivo se diseñaban y fabricaban joyas, objetos domésticos y piezas utilitarias —ceniceros, teteras, lámparas— siempre bajo una premisa central: la forma sigue a la función. Círculo, cuadrado y triángulo estructuraban una estética austera, clara y radicalmente contemporánea.
El taller impulsó además el uso de materiales poco habituales para la época: alpaca, acero cromado, aluminio, níquel, vidrio... Materiales industriales entraban al mundo del metal trabajado a mano, abriendo nuevos caminos para el diseño y la orfebrería.
La Bauhaus fue también un espacio pionero en inclusión. Desde sus inicios aceptó a cualquier persona “de buena reputación, sin importar edad ni sexo”.
En ese contexto destaca Marianne Brandt, primera mujer en ingresar al taller de metales y luego en dirigirlo. Sus diseños —teteras, cafeteras y servicios de líneas puras— condensan el espíritu Bauhaus: sencillez, precisión y sensibilidad material. En 1928 asumió como Vicerrectora de Metalurgia, un hecho excepcional para la época.
Otro nombre relevante fue Naum Slutzky, cuyos trabajos combinaron geometría con influencias del expresionismo y el arte popular alemán, incorporando materiales como madera, marfil y piedras semipreciosas, y explorando técnicas como la galvanoplastía.
Tras 1933, la dispersión forzada de sus maestros llevó las ideas de la Bauhaus a Europa y Estados Unidos. Esa diáspora fue clave para la formación de generaciones de diseñadores y joyeros contemporáneos.
A más de un siglo de su fundación, la Bauhaus sigue recordándonos algo esencial: el diseño no nace de la máquina, sino del pensamiento que pasa por la mano.


