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Los metales preciosos están en foco este 2026 por razones que van mucho más allá de las joyas. El oro, tradicional reserva de valor en tiempos de incertidumbre global, ha llevado a los mercados a hablar de cifras inéditas y movimientos especulativos a gran escala.
A nivel internacional, analistas de distintos centros financieros proyectan que el oro podría continuar su tendencia alcista durante el año y acercarse o sobrepasar los US$6.000 por onza, impulsado por fuerzas macroeconómicas como la persistente demanda de bancos centrales y la percepción de refugio ante tensiones globales.
La plata, por su parte, ha experimentado una dinámica propia. Tras años de fuerte repunte —con alzas superiores al 100 % en el último ciclo según observadores de mercado— la cotización sigue situada en niveles altos y con expectativas de seguir siendo relevante tanto para inversión como para industrias tecnológicas.
Estos movimientos, que se traducen en titulares económicos en periódicos como Diario Financiero y análisis de gremios como SONAMI, no son mera abstracción para quienes trabajan con estos metales a escala menor. En Chile, el desempeño del sector minero en 2025 destacó precisamente por las fuertes alzas de subproductos como el oro y la plata, lo que se tradujo en un rol importante en la economía nacional.
Es en este contexto en el que el hallazgo geológico que convoca la atención de expertos se vuelve relevante para la conversación pública: uno de los mayores depósitos de cobre, oro y plata del mundo se extiende entre el norte chileno y el oeste argentino, en los proyectos integrados Filo del Sol y Josemaría. Según estimaciones oficiales, este distrito mineral contiene decenas de millones de onzas de oro y cientos de millones de onzas de plata en recursos medidos y evaluados, posicionándolo como uno de los yacimientos más importantes de la región y del planeta.
Este tipo de noticias alimenta discusiones amplias sobre la gestión de recursos, la inserción de Chile en las cadenas globales de valor y las posibilidades de agregar valor en etapas posteriores de la cadena productiva.
Pero también plantea una pregunta más concreta para sectores vinculados al trabajo directo con metales: ¿qué significa para quienes hacen joyas y piezas artesanales que el metal que alimenta sus procesos siga encareciéndose en mercados foráneos?
Las respuestas no son simples. Las subidas de precio reflejan fuerzas globales, desde decisiones de política monetaria hasta inversión especulativa, que rara vez se traducen de manera lineal en actividades productivas pequeñas. Cuando una onza de plata u oro sube, no solo se altera la ecuación del costo de producción: también se tensiona la percepción de valor del producto final en un consumidor que, con frecuencia, asocia el precio a la materia prima y no a la confluencia de diseño, trabajo manual, intención estética y significado cultural que incorpora una joya de autor.
Al mismo tiempo, no es inusual que la industria global busque rutas de adaptación. En las últimas semanas, algunas de las empresas de joyería más grandes del mundo — como la española Pandora— han anunciado ajustes productivos vinculados a estas dinámicas de precios, explorando metales alternativos o combinados para gestionar la volatilidad de insumos tradicionales.
Este tipo de decisiones corporativas, que se explican por imperativos comerciales y de escala, obliga también a pensar sobre cómo comunicar el valor del oficio. Porque, más allá del metal, una pieza terminada encierra decisiones estéticas, tiempos de trabajo y elecciones técnicas que no están directamente ligadas a la oscilación de las cotizaciones internacionales, pero sí determinan su calidad, identidad y sentido para quien la compra.
Quizás uno de los desafíos más urgentes —y no menos estratégicos— sea precisamente ese: lograr que el público entienda que cuando adquiere una joya, no está pagando simplemente por gramos de metal, sino por una combinación de historia personal, creatividad y oficio que no se mide en las pantallas de los mercados financieros.
Y si el debate sobre precios continúa dominando las agendas económicas, es posible que también estime necesario que voces que conocen el material desde la sensibilidad del trabajo manual participen de la conversación pública. No para disputar cotizaciones con los mercados globales, sino para hacer más evidente que, en un mundo de metales cada vez más caros, el valor de una joya no se reduce a lo que pesa, sino a todo lo que encarna.
Si crees que una joya es más que metal, que su valor no depende solo de la cotización sino de lo que permanece en el tiempo, este espacio es para ti. Bienvenido a la comunidad Orfebre.


